domingo, 1 de octubre de 2017

Nacionalismo o muerte.

Ya es domingo, 1 de octubre, son las 2 de la madrugada y en Cataluña están a punto de sacarnos a bailar el mambo de la CUP y me pregunto si acaso entonces entenderemos lo que está pasando.

De las fronteras de Cataluña hacia fuera no se entiende pero lo más grave es que de las fronteras de Cataluña hacia dentro, tampoco ¿la razón? es sólo una: cuando el nacionalismo manda, sólo cabe una elección: nacionalismo o muerte.

Probablemente consideréis este planteamiento exagerado porque no los conocéis... 


De todas las definiciones del nacionalismo que existen, y no son pocas, hay una que me gusta especialmente, es la que lo explica como el sarampión de la humanidad o, en la versión de Sabater, una inflamación de la nación; y es que lo que subyace a una nación es una identidad cultural, uno no es de una tierra porque nazca anclado a ella, no somos árboles, carecemos de raíces, podemos volar alto y volar lejos aunque no tengamos alas; la identidad cultural son las costumbres y tradiciones con las que crecemos, las lenguas que hablamos... y eso en sí no sólo no es ningún problema sino que representa riqueza.


El problema surge cuando esa identidad cultural se inflama, cuando contraemos el sarampión nacional; se inicia entonces un camino que nunca, JAMÁS, llega a un mundo feliz. Cuando en Alemania se les inflamó la nación se impuso Hitler (urnas mediante, todo sea dicho), la banda terrorista ETA es otro ejemplo de la inflamación de un sentimiento de nación, Franco también llegó a serlo. Pero, como sucede con los icebergs, lo peor de esta enfermedad no es lo que se ve sino lo que permanece oculto, todo lo que sucede en el periodo de incubación, antes de que la enfermedad de la cara y el dolor se imponga.

El nacionalismo no es un sentimiento nacional sino el uso que se hace de ese legítimo sentimiento ¿qué le impide a un español de Cataluña sentirse catalán? lo mismo que a un español de Galicia sentirse gallego o a uno de Andalucía sentirse andaluz. Nada. ¿Por qué el ansia entonces, en la era de la igualdad, por marcar la diferencia hasta el punto de querer levantar una frontera? El nacionalismo alimenta la discrepancia y la diferencia pero sobre todo alimenta el ego de sus pueblos, de ahí la inflamación y de ahí el camino que nos aleja de un mundo feliz...


Es importante evitar en todo caso, y más en este, que los árboles nos impidan ver el bosque; si es verdad lo que decía Gellner -vaya por delante que así lo creo- y no son las naciones las que engendran nacionalismo sino el nacionalismo el que engendra naciones... ¿dónde debemos buscar el origen del nacionalismo?

Es verdad que la pregunta es compleja, tanto que probablemente haya tantas respuestas como casos de nacionalismo pero en España, esta España autonómica, libre y democrática que incomoda hoy a tantos de sus habitantes, hay una causa muy clara: el uso torticero que los políticos de los dos grandes partidos han hecho de nuestra ley electoral.

No me gusta nuestra ley electoral porque no me gusta que haya votos que valgan más que otros pero entiendo la razón de su existencia, el respeto a las minorías y el afán de reconciliación después de muchos años en los que hablar gallego, catalán o euskera era poco menos que un pecado; lo que ocurre es que los grandes partidos han jugado a gobernar con mayoría absoluta y, cuando las cifras no les salían, a completar los números con diputados de esas minorías hiper-representadas en la cámara a cambio de lo que ellas tuvieran a bien pedirles. Así se alimenta el nacionalismo, así se engorda a la bestia.

Y es que mientras en Madrid se ponía el dinero para que el PNV o Convergencia dieran su apoyo al gobierno de turno -que podía ser de cualquier color, nunca tuvieron miramientos en ese sentido- en Cataluña se marginaba lo español como si eso no fuera marginar una parte de sí mismos. Y como los acuerdos, en lo relativo a las competencias, afectaban a todas las comunidades, lo mismo sucedía, por ejemplo, en Galicia.

A lomos de Pujol gobernó gobernó el PSOE y gobernó el PP del mismo modo que Pablo Iglesias o Pedro Sánchez quieren hacerlo a lomos de Junqueras y Puigdemont. ¿No tenía acaso el PP los presupuestos ya pactados con el PNV? Un PNV que no ha dudado en dar un paso atrás por si tras el mambo catalán pudiera llevarse a la boca un bocado más jugoso...


Y bajo todo ese tejemaneje de poder que disfrutan unos pocos, está la batalla ideológica, vestida de guerra cultural, en las escuelas y en las calles, en la imposición de una lengua sobre otra y en la más zafia manipulación de la historia. No olvidaré jamás, ni dejaré de contar siempre que venga al caso, como se me recriminó recordar que Rosalía de Castro también había escrito poemas en castellano, no solo en gallego; eso, queridos, es amputar parte de nuestra cultura porque no se acomoda a nuestros preceptos ideológicos, eso es manipular, eso es coartar la libertad de los otros, eso es el nacionalismo...

Y por eso digo nacionalismo o muerte porque frente al nacionalismo solo cabe su triunfo (que supone la muerte de la libertad) o su muerte (que supone el triunfo de la libertad y de la diversidad cultural). Que cada cual elija.


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